Historias directo de un viajero: Victor Manuel Jaquez, España

De Los Mochis a Creel en el Chepe (Extracto)

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Día 3 — Creel
Mi plan en Creel era recorrer algo de las barrancas a pié de la mano de un rarámuri. Mientras planificaba el viaje tuve la suerte de encontrarme con la gente de Eco-alterNATIVE tours, un proyecto muy interesante donde una empresa familiar intenta desarrollar eco-turismo involucrando a las comunidades tarahumaras, tomando las decisiones del negocio comunitariamente.

En Creel conocí a Daniela y a Iván, quienes me llevaron en camioneta hasta una aldea tarahumara, donde nos encontramos con Don Benigno, nuestro guía.
Ante este paisaje es fácil imaginar la existencia de gigantes. Y los rarámuris así lo creen. Cuentan historias de Ganokos, una raza de gigantes anterior a la humana que vivió en estas barrancas.

Hubo un tiempo donde los ganokos convivieron y cooperaban con los rarámuris. Los ganokos ayudaban con el cultivo, preparando la tierra y, a cambio, les daban alimento y tejuino. Pero los ganokos se embriagaban y solían abusar de las mujeres y además se comían a los niños. Entonces los rarámuris se organizaron para matar al último Ganoko. Le ofrecieron comida, pero en lugar de frijoles, cocinaron capulines y el gigante, por la indigestión, murió en una remota cueva.

Los rarámuris tienen dos viviendas que alternan con las estaciones. Durante el invierno se refugian en sus casas de madera, pequeñas y sin ventanas. En el verano, prefieren vivir en cuevas, frescas y con aguajes (pequeños manantiales) a mano.

Sin embargo, está prohibido dormir muy cerca de los aguajes, porque los espíritus que allí viven raptan el alma del durmiente, quien queda como un zombie. Para que el alma regrese a su cuerpo, la familia debe organizar fiestas en todo lo alto, para que el alma perdida escuche la algarabía y retorne con los suyos.
Después de cinco horas de caminata, y ahora de subida, ya no podía respirar, mis pulmones ardían y mis pies, enfundados en gruesas calcetas y costosas zapatillas deportivas, me dolían considerablemente. Mientras tanto, Don Benigno, con sus huaraches con suela de neumático, parecía que flotaba entre nubes, levantando las rodillas al andar, sin signo alguno de fatiga.

Stories from the Source: Beth Henson, Bisbee, Arizona

SAMSUNG CAMERA PICTURESI went on a pre-tour tour to the Valle de los Monjes with Daniela and Chunel and two-and-a-half-year-old Alegría. The Valle is some fifteen minutes from Creel, the Pueblo Mágico, which is full of Rarámuri vendors and women carrying their babies wrapped in their shawls and backpacking tourists. The shops are full of Rarámuri crafts: carved wood plaques and utensils, colorful wolven belts, simple low-fire pottery, heavy blankets made of their own sheep, and, best of all, baskets of every size and shape, made of local grasses and pine needles. We drove out through rolling plains studded with an occasional house, made of block or adobe with a low metal roof and outbuildings made of stacked branches or boards. We passed a pre-school that accepts boarders on week days, the distances being too great otherwise. Then climbed a narrow dirt path into the pine trees, among fantastical sculpted rock formations, and came to the Valle de los Monjes (Valley of the Monks), so-called because the original Rarámuri name meant Valley of the Penises due to the phallic rocks, but because that name would have shocked the Chabochis (white or mestizo people) it was changed to monks with their hoods. A bridge over a dry creek, a building recently constructed and never used. An amphitheater made of concrete. The rocks rose up around us, we hiked a bit into the trees, there were oaks among them scattering dry leaves, and we sat among the flat rocks. Chunel told me about the project he had done with Daniela in the city, working with Rarámuri youth to remind them of their culture, their spiritual heritage, their traditional customs. He told me about the influence of mestizo education, which removed children from their heritage. Daniela came down the hill, carrying Alegría on her hip. The dog Canela was glad to be a dog. It was a beautiful place with beautiful people.

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The next day we paid a brief visit to the Aventurero–Eco Paseos (Adventurer–Ecological Trips), a horse ranch on the outskirts of Creel, one of Eco-AlterNative’s planned destinations. The Aventurero offers day- or week-long horseback rides into the Sierra, with comfortable hostal accomodations, and promises sightings of the many rare and endemic species that live in the Sierra, camraderie, and a glimpse into the lives of the Rarámuri people.

And being a pre-tourist, I got to stay with Daniela and Chunel and Alegría, and enjoy Chunel’s excellent coffee, long sessions of reminiscence with Daniela—we once shared an office at a non-profit that works for human rights and environmental improvements in the Sierra—and Alegría’s bustling about and ecstatic smiles. I could not recommend this experience more.